Un cabezal de impresión es, con diferencia, la pieza más cara que se gasta en una impresora de transferencia térmica. No se estropea de golpe: se va desgastando, y la mayoría de las veces por costumbres que se pueden cambiar el mismo día.
Esto es lo que hemos ido viendo en los equipos de nuestros clientes.
Cómo se gasta un cabezal
El cabezal es una línea de resistencias diminutas —los puntos— sobre una capa cerámica muy fina. Los fabricantes miden su vida en kilómetros de material impreso, no en años ni en etiquetas. Se acaba de dos maneras:
- Por abrasión. La capa cerámica se lija con el roce del material que pasa por debajo. Cuando se desgasta lo suficiente, los puntos quedan expuestos y se van muriendo.
- Por fatiga térmica. Cada punto se calienta y se enfría miles de veces por etiqueta. Cuanto más alta es la temperatura de trabajo, antes se rompe.
El síntoma de un punto muerto es inconfundible: una línea blanca vertical, siempre en el mismo sitio, que sigue ahí después de limpiar. Un punto no se recupera. Cuando salen varios, toca cambiar el cabezal.
Lo que hace el ribbon, y que casi nadie sabe
Aquí está lo que más sorprende: el ribbon protege el cabezal. No es sólo el que lleva la tinta.
Un ribbon de transferencia térmica lleva por la cara que toca el cabezal una capa que no imprime nada: el backcoat, o capa dorsal. Cumple dos funciones:
- Lubrica. El cabezal no roza contra el papel o el sintético de la etiqueta: roza contra esa capa, que está hecha para deslizar.
- Descarga la electricidad estática. El material corriendo a velocidad genera carga, y una descarga es una de las formas más rápidas de matar puntos.
De ahí sale la primera conclusión práctica: una cinta barata sin capa dorsal en condiciones sale carísima. Se ahorran unos euros por rollo y se pagan en un cabezal. Y de ahí sale también por qué el térmico directo —que imprime sin ribbon, con el cabezal tocando el papel— desgasta más rápido, algo que conviene tener en cuenta antes de elegir tecnología (lo tratamos en la guía de térmico directo o transferencia térmica).
Cinco costumbres que alargan la vida del cabezal
1. El ribbon, siempre igual o más ancho que la etiqueta
Es el error que más cabezales se lleva por delante. Si la cinta es más estrecha que la etiqueta, los extremos del cabezal quedan rozando directamente contra el material, sin nada que los lubrique. Al cabo de unas semanas hay dos surcos marcados justo donde acababa la cinta, y a partir de ahí la impresión sale con dos franjas.
La regla es sencilla: una etiqueta de 100 mm va con un ribbon de 102 o de 110 mm. Nunca de 90.
2. La temperatura, la mínima que dé un código legible
Subir el darkness para que «se vea mejor» es lo primero que hace todo el mundo, y es lo que más caro sale. Cada grado de más es fatiga térmica.
La forma correcta de ajustarlo: baje la temperatura hasta que el código de barras deje de leerse, y súbala dos o tres puntos por encima de ese límite. Ahí tiene el margen justo. Si a esa temperatura la impresión no aguanta, el problema no es la temperatura: es que el ribbon no es el adecuado para ese material.
3. Elegir la familia de ribbon más suave que le sirva
La cera funde a menos temperatura que el mixto, y el mixto a menos que la resina. Si su etiqueta es papel couché de uso interior, poner resina «por si acaso» no le da más durabilidad útil: le da más temperatura de cabezal y menos vida.
Elija por el material y por lo que va a sufrir la etiqueta, no por precaución. Lo explicamos en la guía de qué es un ribbon y cómo elegir el correcto.
4. Limpiar en cada cambio de rollo
Un minuto por cambio. Alcohol isopropílico y una bayeta o un bastoncillo que no suelte pelusa, pasado a lo largo de la línea de puntos con el cabezal frío. Nada de rascar con nada metálico, ni con la uña: la capa cerámica se raya.
Lo que se acumula ahí no es sólo polvo: es adhesivo de la etiqueta, restos de tinta y fibra de papel. Y una partícula dura pegada al cabezal actúa como una cuchilla cada vez que pasa material.
5. Revisar la presión, no sólo la temperatura
Un cabezal apretado de más lija el doble y no imprime mejor. Un cabezal apretado de forma desigual —típico cuando se imprimen etiquetas estrechas siempre por el mismo lado— desgasta un extremo y deja el otro intacto.
Si su impresora permite ajustar la presión por lados, iguálela. Y si imprime siempre etiquetas estrechas, centrarlas en vez de arrimarlas a un borde reparte el desgaste.
Lo que no arregla nada
- Limpiar con agua o con productos genéricos. El alcohol isopropílico se evapora sin dejar residuo; casi todo lo demás lo deja.
- Bajar la velocidad para «forzar menos». Va al revés: a menos velocidad, el punto está más tiempo caliente sobre el mismo trozo de material.
- Cambiar de marca de etiqueta sin más. Un sintético con superficie rugosa lija más que un papel couché, aunque sea más caro.
Cuándo ya toca cambiarlo
Cuando hay una o más líneas blancas fijas que no se van al limpiar, y el código de barras empieza a fallar en la verificación. A partir de ahí no hay ajuste que valga.
Si le pasa antes de tiempo, merece la pena repasar los cinco puntos de arriba: en la mayoría de los casos que hemos visto, el cabezal no se murió de viejo. Cuéntenos qué material imprime y con qué ribbon y le decimos si hay algo que ajustar.